dimecres, 21 de gener de 2015

La mujer crucificada (Uwasa no onna, 1954) de Kenji Mizoguchi



"Todos los cineastas están en fase de aprendizaje hasta los 65 años".

Kenji Mizoguchi


Yukiko (Yoshiko Kuga) es una estudiante de música que ha tratado de suicidarse tras un desengaño amoroso. Su madre, Hatsuko (Kinuyo Tanaka), regenta una casa de geishas, hecho que Yukiko desaprueba. Pese a ello, la joven accede a volver con su madre, que le pide al doctor Matoba (Tomoemon Otami) -con quien mantiene una relación- que cuide de ella. El conflicto entre madre e hija se incrementará al surgir el amor entre Yukiko y el joven médico. 


Como es sabido, Kenji Mizoguchi creció en el seno de una familia extremadamente pobre, y tuvo que soportar que su hermana mayor fuera vendida a una casa de geishas. Pocos años después, el propio director, desamparado, se desplazó con ella y vivió durante años junto a todas aquellas sacrificadas mujeres. Esta circunstancia vital, como es natural, marcó la vida y obra del maestro nipón, especialmente en la que se conoce como su segunda etapa, aquella posterior a la II Guerra Mundial, mucho más íntima y personal que la primera.

La mujer crucificada es uno de los muchos ejemplos dentro de su cine en el que las geishas tienen un papel principal dentro de la trama. En este caso no se trata de que la protagonista lo sea, sino que es su madre quien regenta un negocio de geishas.


Aunque la historia se centrará en el triángulo amoroso y adquirirá el carácter de un melodrama clásico, el contexto de los protagonistas jugará también un papel principal en la obra, y ocupará los pensamientos y las reflexiones de Yukiko, quien en un principio rechazará a las geishas pero que poco a poco se dará cuenta de sus sufridas circunstancias. En este sentido, y empleando a la protagonista, Mizoguchi y los guionistas de la película -Yoshikata Yoda y Masashige Narusawa- reflexionarán acerca de los motivos que llevan a una mujer a ejercer tan dura profesión y sobre la imposibilidad de salir de ella.

Como decimos, más allá de la cuestión de las geishas, La mujer crucificada es un melodrama bastante común, aunque la sobria y elegante narración de Mizoguchi la convierte en una pieza más que apreciable. También destacan sobre el conjunto las tres interpretaciones principales, especialmente la de Kinuyo Tanaka, uno de los grandes iconos de la cinematografía japonesa.


De entre los aspectos técnicos merece mención aparte -como siempre- el uso de la cámara de Mizoguchi. Alejado de sus protagonistas y usando raramente primeros planos, aún así el genio japonés consigue implicarnos en su historia. Como ocurre con los grandes maestros, una "obra menor" puede convertirse en un notablísimo filme cuya autoría ya desearían muchos otros cineastas.




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