dilluns, 30 de juny de 2014

Apocalypse Now (ídem, 1979) de Francis Ford Coppola




"He visto horrores... horrores que usted ha visto. Pero no tiene derecho a llamarme asesino, tiene derecho a matarme. Tiene derecho a hacerlo, pero no tiene ningún derecho a juzgarme"



Durante la guerra de Vietnam, el capitán Willard (Martin Sheen), oficial de los servicios de inteligencia Estadounidenses, recibe la misión de encontrar y eliminar a un comandante renegado que parece haberse vuelto loco, el coronel Kurtz (Marlon Brando). Willard emprende el peligroso viaje a través de la jungla hacia Camboya acompañado de cuatro hombres junto a los que experimentará los horrores de la guerra. 


Esta titánica obra -la versión extendida presentada por su director en 2002 supera las tres horas de duración- es el mayor referente que el mundo del cine ha legado sobre la guerra de Vietnam y también una de las cimas del género bélico. Inspirada por la novela de Joseph Conrad Heart of Darkness y adaptada al contexto del conflicto antes mencionado, Coppola y su coguionista John Milius se inspiran en la Odisea de Homero para relatar un viaje a través de la devastación bélica y de introspección personal del protagonista.

Por todos son conocidas las enormes dificultades que supuso el rodaje de este filme. Las condiciones atmosféricas no siempre ayudaron -se cuenta que muchos decorados quedaron destrozados tras las severas tormentas de la zona- y Coppola decidió substituir a Harvey Keitel del papel principal para dárselo a un joven Martin Sheen, quien a su vez sufrió ciertos problemas de salud durante los dos años en que se alargó la grabación. Pese a todo ello, o quizás gracias a estas circunstancias, Apocalypse Now posee un cierto aura que convierte su reconocida imperfección en una absoluta obra maestra.

El celebérrimo inicio del filme consiste en un montaje en que se superponen las imágenes de un protagonista quebrantado por sus demonios internos -consecuencia de las experiencias vividas en la guerra- en una habitación de hotel de Saigón con la devastación que el conflicto supone para la selva. Todo ello ocurre bajo el sonido de un clásico de los sesenta, el The end de The Doors. 


Una vez le es encomendada la misión de encontrar y matar a Kurtz, el capitán Willard emprende su particular odisea por los ríos Vietnamitas. Sus cuatro compañeros -entre los que se encuentra un joven Laurence Fishburne- desconocen por completo el objeto de la misión, siendo Willard el único responsable del cumplimiento de la misma. Con el paso del tiempo, el protagonista siente una creciente curiosidad hacia la enigmática figura de Kurtz y se pregunta cada vez con más fuerza el porqué de sus actos y de la propia misión.

Los cinco soldados viven numerosas experiencias que vienen a exponer la crudeza de la guerra, el absurdo del conflicto y las deficiencias estratégicas de un ejército Estadounidense que parece haberse contagiado de la locura del conflicto. Pese a ello, debemos decir que en ningún momento la cinta muestra un discurso abiertamente antibelicista, sino que se limita a narrar la situación real y reflexionar acerca de su afectación en los individuos implicados.


Entre las muchas situaciones que viven los cinco soldados a lo largo de su viaje destaca el encuentro con el coronel Kilgore (Robert Duvall) y la que él denomina "la caballería aérea". Este mandatario es un auténtico lunático que actúa fuera de cualquier raciocinio. Un carismático demente que sólo piensa en surfear en las playas de Vietnam y que pone a todo volumen la Cabalgata de las Valquirias de Wagner mientras realiza sus ataques aéreos. 

Una vez llegados a su destino, los tres supervivientes de la expedición se encuentran con un lúgubre poblado repleto de cabezas cercenadas, un lunático que dice ser reportero gráfico (Dennis Hopper) y una población que se comporta ante Kurtz como si éste fuera su dios. Las conversaciones que mantienen Willard y Kurtz giran entorno a la condición humana, el sentido del conflicto bélico y de la actuación del hombre en él, etcétera. Para la memoria quedarán también algunas escenas de este tramo final de la película, como la salida de Willard del lago preparado para llevar a cabo su cometido o el montaje en paralelo que asemeja el asesinato del coronel con el sacrificio de un buey.

Las incógnitas que despiertan los últimos minutos de la cinta son numerosas y la ambigüedad del discurso de Kurtz no hacen más que acrecentarlas. 


Lo que es incontestable es el valor y la magnitud del filme desde el punto de vista artístico y técnico. Desde las memorables interpretaciones de Brando o Duvall y el notable Martin Sheen hasta la hipnótica y pesadillesca fotografía de Vittorio Storaro -la característica atmosfera que consiguió crear el cinematógrafo le valió el Oscar de 1979-, pasando por un memorable trabajo de Coppola en la dirección, quien dio probablemente su última demostración de gran cineasta y se encumbró con su obra más personal y compleja.

En definitiva, un film grandioso que bien podría considerarse la mayor obra maestra del cine bélico.



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