• Hay que estar bien alerta con todo intento de enmarcar un conflicto como es en este caso el de género, especialmente si se trata de uno con apariencia progresista.
  • La trabajadora actual vive en un mundo globalizado, víctima de la precariedad laboral y solo pudiendo sentirse parte de un proceso económico, sin una identidad cultural a la que aferrarse.
  • El sexo, el género, binario o no binario, fluido... tras el auge de luchas como la feminista o por la libertad sexual, muchas han sido las realidades de este tipo que se han puesto sobre la mesa.
  • Es importante retener 2 concepciones de la naturaleza del ser humano, la social, que constituye la base de la educación, y la política, que contribuye a la extensión de susodicha educación; porque, son 2 elementos fundamentales en la construcción y salud del sistema democrático.
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14 septiembre 2014

Primavera tardía (Banshun, 1949) de Yasujiro Ozu




"La soledad es el supremo egoísmo del dolor"

Severo Catalina


Noriko (Setsuko Hara) es una joven que vive con su padre viudo (Chishu Ryu) y dedica todos sus esfuerzos a cuidarle. Pese a que es feliz, las convenciones sociales la hacen demasiado mayor para seguir soltera y su insistente tía empieza a buscarle esposo. Su padre está de acuerdo en todo pero Noriko no quiere dejarlo, pues ello significaría su completa soledad.


Primavera tardía es sin duda uno de los largometrajes más emblemáticos de Yasujiro Ozu y, por extensión, de la cinematografía japonesa. La película se inicia con un plano magistral en el que observamos una estación de tren cuyo letrero presenta indicaciones en japonés e inglés. Con este simple gesto hacia el espectador, Ozu introduce la contextualización de su historia -poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial y en plena ocupación Estadounidense de Japón-, algo que estará muy presente a lo largo del filme y que ha marcado irremediablemente las vidas de los personajes que en él aparecen, así como la de la sociedad nipona en su conjunto.

La narración presenta una historia que Ozu retomaría en más de una ocasión años después: Un hombre mayor y viudo que ve como irremediablemente su destino es la soledad, pues el paso del tiempo hace que su hija emprenda su propia vida conyugal. Esta situación, tan cotidiana, natural y a su vez trágica, hace que el espectador se sienta tremendamente afligido ante la historia y que empatice profundamente con todos sus personajes.


La maestría de Ozu y su pausado ritmo narrativo le permiten hacer hincapié en los cambios socioeconómicos que se están produciendo en su país mientras sigue desarrollando la narración. El uso de los objetos como símbolos permite al director contar, mediante las imágenes, muchos más de lo que aparentemente está sucediendo. Puro arte, puro cine.

Pese a que en un primer momento los planes de la tía de Noriko fracasan, ésta acaba encontrando a un nuevo pretendiente y el matrimonio sigue adelante. La protagonista se muestra dubitativa en todo momento; el amor que siente por su padre le impide afrontar su futuro libremente, pese a que todos los elementos la conducen a ello. Resulta admirable como el guión de Ozu y su habitual colaborador y amigo Kogo Noda trabaja minuciosamente la evolución de todos los personajes y consigue conjugar a la perfección todas las circunstancias expuestas. 

El formidable trabajo de los interpretes tiene también mucho que ver en el éxito artístico del filme, aunque tratándose de un filme de Ozu uno debe hacer siempre especial mención al trabajo de dirección. Con su particular, único e intransferible estilo -cámara baja, planos milimétricos, importancia de la geometría y los elementos vivos y materiales etc.-, el maestro nipón eleva esta cinta a la categoría de indiscutible obra maestra.


Una de las más sobrecogedoras escenas que un servidor haya podido ver en una pantalla cierra el filme: El padre de Noriko llega a casa tras la boda de ésta. Está solo sentado en una silla en medio del comedor cuando empieza a pelar una pieza de fruta. Ozu centra la atención en este gesto para luego cambiar a un plano cercano de su rostro. Amargas lágrimas se precipitan por sus mejillas. El espectador no puede evitar acompañarle. Se produce el último corte de la película y Ozu nos muestra el mar, con la continua llegada de las olas a la arena. 






28 enero 2014

La hierba errante (Ukigusa, 1959) de Yasujiro Ozu




"Todo el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres meros actores: tienen sus salidas y sus entradas; y un hombre en su tiempo interpreta a muchas partes..."

William Shakespeare



Cuando un grupo de actores ambulantes viaja a una pequeña población portuaria, el director de la compañía se reencuentra con una antigua amante y su hijo, al que hacen creer que es el sobrino de éste.


Remake de un film mudo del propio director titulado "Historia de una hierba errante" (Ukigusa monogatari, 1934), en el que Ozu refleja, entre muchas otras cosas, la itinerante vida de los actores de teatro japoneses. Como ocurre habitualmente con el maestro nipón, el film puede servir perfectamente como un retrato costumbrista de una época, una sociedad y unas personas concretas.

Magistral en sus formas, la película es un perfecto ejemplo del cine de su autor. Con su cámara estática y a baja altura, sus encuadres milimétricos, su perfecto uso del color y su ritmo pausado y reflexivo, Ozu nos invita a acercarnos a la sencilla a la vez que compleja vida de unos personajes perfectamente construidos que hacen frente a aquellas cuestiones vitales de las que nadie puede escapar, aquellos temas universales que nadie en el cine ha sabido tratar como el japonés.


La hierba errante no se focaliza en un único drama. Mientras atendemos a la dura vida del actor, sumida en la pobreza y sin opción de echar raíces -de ahí el título del film-, asistimos a un drama familiar provocado en parte por este último elemento. Así, indagaremos en los sentimientos de un hombre que no ha sabido ser un buen padre, de una joven pareja enamorada, etc. 

Hay que decir que, además de la excepcional virtud de Ozu a la hora de concebir los planos y encuadres, deja buena muestra de su capacidad simbólica. El joven enamorado que aparece a oscuras, la separación del maestro y su enamorada bajo una intensa lluvia o su reconciliación al compartir el fuego del encendedor son algunos buenos ejemplos. 


La hierba errante es, en definitiva, un excelente largometraje, de primera categoría. Uno más de este gran genio llamado Ozu, cuyo arte está impregnado de una sabiduría sin parangón en el mundo del cine.