• Hay que estar bien alerta con todo intento de enmarcar un conflicto como es en este caso el de género, especialmente si se trata de uno con apariencia progresista.
  • La trabajadora actual vive en un mundo globalizado, víctima de la precariedad laboral y solo pudiendo sentirse parte de un proceso económico, sin una identidad cultural a la que aferrarse.
  • El sexo, el género, binario o no binario, fluido... tras el auge de luchas como la feminista o por la libertad sexual, muchas han sido las realidades de este tipo que se han puesto sobre la mesa.
  • Es importante retener 2 concepciones de la naturaleza del ser humano, la social, que constituye la base de la educación, y la política, que contribuye a la extensión de susodicha educación; porque, son 2 elementos fundamentales en la construcción y salud del sistema democrático.
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08 enero 2015

Vivir (Ikiru, 1952) de Akira Kurosawa



"Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte"

Leonardo Da Vinci

Kanji Watanabe (Takashi Shimura) es un viejo funcionario público con más de treinta años de experiencia encargado de la sección de ciudadanía. Durante todo este tiempo ha llevado una existencia gris y monótona basada en la constante repetición de trámites burocráticos. Todo su mundo cambia cuando, tras la visita a un médico, descubre que padece un cáncer de estómago incurable y que le queda menos de un año de vida. Tras ello, Watanabe tratará desesperadamente de encontrar un sentido a su vida.


Akira Kurosawa, en un momento de máximo esplendor creativo -dos años antes de Ikiru había dirigido su éxito internacional Rashômon y dos años después realizaría su aclamada obra maestra Los siete samuráis-, dirige esta íntima y a la vez universal historia sobre un hombre que tan sólo ante la cercanía de la muerte hallará su camino en la vida. 

Takashi Shimura, un habitual colaborador de Kurosawa que aquí deslumbra en el rol principal, interpreta a un funcionario gris y solitario; un viudo que abandonó toda esperanza en su vida sentimental para centrarse en su trabajo y así poder garantizar un buen futuro para su hijo, del que ahora se ha distanciado por completo; un hombre que lleva casi treinta años sin faltar ni un único día al trabajo pero que al descubrir que sus días se terminan se planteará irremediablemente si ha desperdiciado su existencia y si todavía está a tiempo de redimirse.


La película se inicia con la imagen de una radiografía que muestra el mal estado del estómago del protagonista y con la voz de un narrador omnisciente que nos anuncia el final de la misma, la irremediable muerte de Watanabe. Tras esto, será Kurosawa quien radiografiará la triste vida del funcionario y nos mostrará cómo éste descubre su trágico destino. Al conocer la noticia, Watanabe, desesperado, buscará refugio en su familia, pero se dará cuenta de que está solo. También tratará de disfrutar de sus últimos días en la animosa noche de la ciudad, pero la tristeza le supera. No será hasta bien avanzado el filme cuando se dará cuenta de que todavía está tiempo de legar algo a los hombres, si es que así realmente lo desea.

El maestro Kurosawa nos muestra así su filosofía de vida a través de los últimos meses de la de un Kanji Watanabe que lucha ante las dificultades administrativas, los trámites burocráticos, la tiranía del teniente de alcalde y los intereses de un grupo mafioso, para convertir unas aguas estancadas, putrefactas e infectadas de mosquitos que dificultan la vida de uno de los barrios más pobres de la ciudad, en un parque para infantes que permita mejorar la vida social de la zona. 


No cabe duda de que, cómo en todo filme de Kuroswa, son válidas -e incluso necesarias- varias lecturas. En el caso de Ikiru, resulta innegable que las putrefactas aguas simbolizan el Japón de la posguerra, y que la lucha de Watanabe es la de una generación que ya se va, pero que debe tratar de legar un mundo mejor a sus hijos, los niños que jugarán en el parque. Pese a que el parque acabará construyéndose, ya les advertimos que el Emperador no se mostrará nada optimista respecto al futuro de su país, como muestra la última escena que tiene lugar en la oficina, poco antes de finalizar el filme.

En lo que respecta a la estructura narrativa de la cinta, Kurosawa decide dividirla en dos partes bien diferenciadas. La primera es una narración de carácter convencional. Como hemos dicho, la presencia de un narrador omnisciente nos guía a través de los distintos acontecimientos que tienen lugar así como a los recuerdos del protagonista. Pero en cuanto éste emprende su último reto vital, el director nipón introduce un salto temporal que nos lleva directamente al día de su funeral. Así pues, los hechos acontecidos con anterioridad nos serán contados a través de las exposiciones de los diferentes compañeros de trabajo de Watanabe.  

Resulta de sumo interés ver como Kurosawa recupera constantemente elementos de su cine mostrados en anteriores trabajos, y también como muestra otros que veremos a posteriori en su obra. Es el caso de esta última parte a la que ahora hacíamos mención, que recuerda irremediablemente a Rashomôn (1950), pero también el de la metáfora de las aguas estancadas, que veíamos en El ángel ebrio (1949), o el pesimista final antes mencionado, que liga con su clásico del cine negro Los canallas duermen en paz (1960).


Para concluir nuestro breve comentario al respecto de esta inmensa obra, una mención indispensable a la escena final. En ella, Kurosawa nos muestra los instantes finales de la vida del señor Watanabe. Consciente de su inminente muerte, el protagonista se ha desplazado al parque que tanto ha luchado por construir, y mientras se columpia suavemente como si de un niño se tratará, canta esta melancólica canción con lágrimas en los ojos y una orgullosa sonrisa:

La vida es demasiado corta,
enamórate, dulce doncella,
mientras tus labios todavía sean rojos,
y antes de que tengas frío,
pues no habrá un mañana

Permítanme decirles que esta es una de las escenas más emotivas y brillantes de la carrera de Akira Kurosawa, lo cual no es decir poco.







15 diciembre 2014

William Shakespeare en el cine: El rey Lear


"¿Por qué golpeas a esa prostituta? Registra tu conciencia. ¿No cometiste tú mismo con ella el crimen que ahora castigas? El usurero hace ahorcar al falsario. Los pequeños vicios traslucen a través de los andrajos de la miseria; más las finísimas pieles y los trajes de seda lo ocultan todo. Dale al vicio un broquel de oro y la espada de la justicia se quebrará contra el, sin mellarlo; pero cubre su broquel con andrajos y un pigmeo lo atravesará con una simple paja."


El anciano Rey Lear decide repartir la totalidad de su reino entre sus tres hijas cuando aún está en vida. La falsa adulación de las dos mayores, Gonerila y Regania, se contrapone con la sinceridad de la pequeña, Cordelia, que le advierte del error que esá cometiendo. Enfadado, el Rey la deshereda y reparte finalmente el territorio únicamente entre sus dos hermanas. También el Conde Kent, que habla con sinceridad a su majestad, es desterrado. Cordelia se casa con el Rey de Francia y al poco tiempo Lear comprende que lo único que movía a sus dos hijas mayores era la ambición, y se ve completamente abandonado por ambas, lo que da pie a su locura.


-El rey Lear (King Lear, 1971) de Peter Brook

Adaptación británico-danesa de la tragedia que cuenta con la dirección de Peter Brook y la interpretación de Cyril Cusack y Tom Fleming. Film poco conocido que fue rodado en un riguroso blanco y negro y que sigue con mucha lealtad la historia original.



-El rey Lear (Korol Lir, 1971) de Grigori Kozintsev

El mismo hombre que llevó a la pantalla la más reputada adaptación de Hamlet, Grigori Kozintsev, dirigió esta formidable película que retoma la historia de El rey Lear. Para ello, se rodeó de sus colaboradores habituales: la traducción de Boris Pasternak, la partitura de Dmitri Shostakovich -sencillamente extraordinaria- y la memorable interpretación de Yuri Yarvet. Rodada en blanco y negro en unos paisajes sobrios e inhóspitos, esta adaptación se ha convertido con los años en todo un clásico de culto.




-Ran (ídem, 1985) de Akira Kurosawa

Majestuosa adaptación del clásico ambientada en el Japón del Siglo XVI y que cuenta con numerosos cambios respecto al argumento original -empezando por el sexo de las tres herederas, que en Ran son hombres. Se suele considerar esta película como la última obra maestra dirigida por Kurosawa. En ella destaca su impresionante fotografía, sus interpretaciones y las inolvidables batallas que tienen lugar a lo largo del metraje. Única e incomparable producción.




-El rey lear (King Lear, 1987) de Jean-Luc Godard

Una adaptación de Jean-Luc Godard, fuera del clásico que fuera, no podía dejar a nadie indiferente. El estreno de esta cinta producida en los Estados Unidos y que cuenta con las interpretaciones de Woody Allen, Julie Delpy o Leos Carax, resultó en un alubión de críticas por parte de público y crítica de las que sólo los más fervientes admiradores del cineasta francés se han desmarcado. La historia está ambientada en la actualidad y posee un marcado tono apocalíptico.




"El rey Lear le preguntó a Gloucester: ¿y tú, cómo ves el mundo? Gloucester, que era ciego, le respondió: lo veo con el sentimiento... lo veo, con el sentimiento".


09 diciembre 2014

William Shakespeare en el cine: Macbeth


"La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada" 


Tres brujas predicen a Macbeth, un destacado general del ejército del Rey Duncano, que próximamente será proclamado Señor de Glamis, de Cawdor y Rey de Escocia. Al jinete que le acompaña, el general Banco, le dicen que será padre de reyes. Cuando Lady Macbeth oye la historia, empieza a manipular a su débil -en espíritu- marido. Poco después, asesina al Rey y acusa a su hijo Malcolm, dejando así el camino libre para la coronación de Macbeth. 
Pero la locura de Lady Macbeth no termina ahí y ordena el asesinato de Banco y su hijo, que finalmente consigue huir. Esta situación no hace más que acrecentar la desesperación y paranoia del Rey Macbeth. La única solución que encuentra es la de preguntar nuevamente por su futuro a las tres brujas.


-Macbeth (ídem, 1948) de Orson Welles

Esta película supuso la primera incursión de Orson Welles en la obra de Shakespeare y también la primera gran adaptación de la tragedia que nos ocupa. Rodada en tan solo un mes y con un presupuesto irrisorio, la cinta fue todo un fracaso incomprensible de crítica y público. Con el paso del tiempo, ha alcanzado la reputación que merece, que no es otra que la de obra maestra de rigor y fuerza visual incuestionable.




-Trono de sangre (Kumonosu-jô, 1957) de Akira Kurosawa

Ambientada en el Japón feudal y con dos samuráis como protagonistas, esta indiscutible obra maestra es una libre adaptación del clásico de Shakespeare por parte de Akira Kurosawa, otro gran maestro del cine admirador del poeta inglés. En ella encontramos algunos de los momentos más brillantes del cine del Emperador nipón y también una de las más destacables interpretaciones de Toshiro Mifune, que ya es decir. Imprescindible.




-Macbeth (The Tragedy of Macbeth, 1971) de Roman Polanski

Producción británica dirigida por Roman Polanski tan solo un año después de que su mujer, Sharon Tate, y su hijo nonato fueran asesinados brutalmente por la cuadrilla de Charles Manson. Esta terrible circunstancia, sin duda, influyó en la crudeza de esta sangrienta y amarga revisión del clásico. No se trata de la película más destacable del director parisino, pero resulta recomendable.




-Macbeth (ídem, 1982) de Béla Tarr

Adaptación de la obra clásica realizada por un joven Béla Tarr -hasta ese momento había dirigido sólo tres filmes- para la televisión húngara. La película destaca por estar estructurada en dos únicas escenas, una inicial de cinco minutos y otra de sesenta y siete. Tarr rompiendo moldes y ejecutando eternos planos secuencia, un avance de lo que sería su obra posterior.




"Esa engañosa palabra mañana, mañana, mañana, nos va llevando por días al sepulcro, y la falaz lumbre del ayer ilumina al necio hasta que cae en la fosa."


07 octubre 2014

El perro rabioso (Nora inu, 1949) de Akira Kurosawa



"Los asesinos son como perros rabiosos. ¿Sabes cómo actúa un perro rabioso? Hay un poema sobre ello. Los perros rabiosos sólo ven lo que van buscando."


Tras una sesión de tiro al blanco, el joven detective de homicidios Murakami (Toshiro Mifune) vuelve a la comisaría en autobús. Durante el trayecto, alguien le arrebata su arma y Murakami se ve forzado moralmente a recuperarla una vez conoce que la pistola ha sido introducida en el mercado negro. Poco después, el departamento de balística descubre que se han producido dos actos criminales -uno de ellos ha terminado con la vida de una mujer- con el arma del agente. La desesperación de Murakami se acrecienta aún más y su capataz le asigna el caso para que colabore con el veterano comisario Sato (Takashi Shimura).

El Japón de la posguerra no podía gozar de un aspecto más que lúgubre, sombrío y oscuro, y esa atmósfera es la que consiguió crear Akira Kurosawa en sus trabajos de finales de los cuarenta. El perro rabioso es un perfecto ejemplo de ello. El autor nipón construye un drama que gira entorno a la amistad, la justicia, el crimen y la relación maestro-alumno, el eje fundamental del filme.

Todo ello se conjuga en una trama de cine negro que tiene lugar bajo un sofocante calor y una angustia creciente debido a los crímenes que van teniendo lugar. La maestría de Kurosawa en el género policíaco, que se vería consagrada en El infierno del odio (Tengoku to Jigoku, 1963), ya se hacía notar con creces en esta obra de juventud.


La película goza de un trepidante ritmo narrativo -algo poco común en Kurosawa- y de una creciente tensión dramática que nos conduce al clímax final, en el que Murakami se enfrenta cara a cara con el asesino. El papel de femme fatale lo juega Keiko Awaji, que interpreta a una joven bailarina enamorada del criminal que se niega a colaborar con la policía. 

Además de las reflexiones acerca del hombre que el director introduce en boca de sus dos protagonistas, la película destaca por escenas de carácter semidocumental y neorrealistas. Consciente del drama social de Japón, el creador de Ran (ídem, 1985) mezcla estos estilos tan presentes en la época con el filme noir clásico. El partido de baseball en el que los detectives encuentran a un sospechoso o la imagen de las sudorosas bailarinas estiradas en el suelo del camerino son claros ejemplos de esta estética característica de la posguerra.


Además de éstas, cabe destacar las escenas que se suceden en el tramo final. El dramático momento de suspense en que Sato está llamando a Murakami y el asesino le descubre o la espectacular persecución en el bosque que da lugar al pavoroso duelo final etc. 

Akira Kurosawa alcanzó la fama internacional en 1950 gracias al tremendo y justificado éxito de Rashomon (Rashômon, 1950), pero ya hacía algunos años que venía demostrando su esplendoroso talento y creemos que El perro rabioso debe ser considerada como la primera gran obra de este gran maestro.






27 junio 2014

El ángel borracho (Yoidore tenshi, 1948) de Akira Kurosawa



"La voluntad puede curar todos los males humanos"


Enfermo de tuberculosis, Matsunaga (Toshiro Mifune), miembro de la yakuza, acude a la consulta del doctor Sanada (Takashi Shimura) para que le extraiga una bala de la mano. El médico se preocupa inmediatamente por la salud del delincuente, pero éste no toma conciencia de su mal estado y se preocupa únicamente del control del barrio. Las cosas se complican aún más cuando Okada (Reisaburo Yamamoto), jefe de la banda de Matsunaga, sale de la cárcel y se propone recuperar a su esposa, que se ha convertido en la ayudante del doctor. 


La imponente filmografía de Akira Kurosawa, repleta de obras maestras, ha producido un efecto ciertamente injusto respecto a algunos de sus trabajos, como es el caso de El ángel borracho. El paso del tiempo ha hecho que éste filme sea recordado principalmente por ser la primera colaboración del director con Toshiro Mifune, su actor fetiche -director y actor llegaron a rodar juntos hasta dieciséis películas-, y por ser también la primera de las incursiones del maestro nipón en el cine negro. Sin embargo, El ángel borracho es un excelente filme en el que Kurosawa, por primera vez con el control total de la producción, da muestras definitivas de la grandeza de su arte.

La película gira entorno a la relación entre la pareja de protagonistas, un médico honrado y generoso con ciertos problemas con la bebida y un gánster anclado en los códigos del honor yakuza que simboliza el japón derrotado y belicoso. 


Precisamente el contexto histórico es un factor a tener en cuenta al analizar esta cinta. Rodada apenas tres años después de la derrota frente a Estados Unidos, Kurosawa retrata un país hundido en la miseria y la destrucción que le ha traído la feroz guerra. El barrio marginal en el que transcurre la historia, plagado de charcas contaminadas de gérmenes y delincuentes varios hace referencia, precisamente, a la situación del país del sol naciente. 

Kurosawa deja entrever el mensaje de que solo los más fuertes, y aquellos que luchen honestamente por la superación, conseguirán salir adelante con sus vidas. Muchos son los elementos de El ángel borracho que se reproducirían posteriormente en el cine del maestro, como por ejemplo la figura del médico humanista que ejerce de sensei de otros personajes, que aquí hallamos en el doctor Sanada pero que también encontraríamos en Duelo silencioso (Shizukanaru Kettô, 1949) o la magistral Barbarroja (Akahige, 1965).


La película bebe directamente de influencias neorrealistas y de la iconografía del cine noir norteamericano. A destacar especialmente la escena de la lucha entre Matsunaga y Okada. Repleta de silencios, resoplidos y numerosos encuadres, el emperador impregna la lucha a muerte entre ambos delincuentes de sufrimiento y tensión dramática.

Kurosawa superaría esta obra con creces en trabajos posteriores, pero recuperar El ángel borracho resulta un ejercicio indispensable para comprender la trayectoria de uno de los mayores cineastas de todos los tiempos, así como para disfrutar de un cine de incontestable calidad. Mención aparte merecen las interpretaciones de Mifune y Shimura, impecables.




18 marzo 2014

Sanjuro (Tsubaki Sanjûrô, 1962) de Akira Kurosawa




"Las buenas espadas permanecen envainadas"


Nueve jóvenes samuráis están decididos a acabar con la corrupción de su ciudad. Con el apoyo del inspector Kikui preparan un plan para eliminar al lídir rival, Mutsuta. Sanjuro (Toshiro Mifune) se entera de las intenciones de este grupo de justicieros y, tras comprobar su incompetencia, decide ayudarles a conseguir sus objetivos a cambio de comida y un lugar donde reposar.


Tras el rotundo éxito internacional de Yojimbo, el mercenario (Yôjinbô, 1961), precuela del film que aquí estamos tratando, la productora japonesa Toho presionó a Akira Kurosawa para que realizara una segunda parte, utilizando nuevamente al carismático personaje conocido como Sanjuro (Treintañero en japonés). Si bien es cierto que Kurosawa consideraba innecesario realizar esta película, también lo es que acabó por escribir el guión -en colaboración con Ryuzo Kikushima- y por dirigirlo.

Sanjuro no es un film de samuráis al uso, más bien se la podría encuadrar como una película de aventuras con reminiscencias moralistas y abundantes toques cómicos. La historia que aquí se cuenta no tiene nada que ver con la de Yojimbo, pues se trata simplemente de otro acontecimiento en la vida del protagonista.


Se puede argumentar que Sanjuro es una sátira del código bushido, pues su personaje principal, un ronin, carece de todo respeto hacia el mismo y se limita a buscar cobijo día tras día. El samurái que acaba por resultar el enemigo de nuestro protagonista -interpretado por Tatsuya Nakadai- también prescinde del código de valores tradicional y aparece como un hombre que mira por sus propios intereses, sin dejar de respetar creencias tan elementales como el honor o el valor.

La trama del filme no se sustenta como lo hacía en la anterior entrega, pero la maestría visual del maestro Kurosawa esconde todas las debilidades del argumento en una sólida puesta en escena y un ritmo narrativo envidiable. 

La música también juega un papel destacable dentro del conjunto, pues la socarrona composición de Masaru Sato, que incluye pasajes de Yojimbo, se muestra en perfecta sintonía con el tono cómico del relato.


En cuanto a la temática, Sanjuro recupera elementos humanistas y la relación maestro-alumno, circunstancia clásica del cine del emperador nipón. Además, la relación de respeto mútuo y admiración entre los personajes interpretados por Mifune -que soberbio trabajo presenta aquí el celebérrimo actor- y Nakadai resulta més que estimable.

En definitva, si los puntos débiles de Sanjuro -elementos relacionados con el argumento y la construcción de los personajes- podría hacer pensar que estamos ante una obra menor, la redondez de la misma y lo divertido que resulta visionarla contradice dicha suposición, hasta el punto de encontrarnos ante un film tremendamente preciado dentro de la inconmensurable filmografía de Kurosawa.