• Hay que estar bien alerta con todo intento de enmarcar un conflicto como es en este caso el de género, especialmente si se trata de uno con apariencia progresista.
  • La trabajadora actual vive en un mundo globalizado, víctima de la precariedad laboral y solo pudiendo sentirse parte de un proceso económico, sin una identidad cultural a la que aferrarse.
  • El sexo, el género, binario o no binario, fluido... tras el auge de luchas como la feminista o por la libertad sexual, muchas han sido las realidades de este tipo que se han puesto sobre la mesa.
  • Es importante retener 2 concepciones de la naturaleza del ser humano, la social, que constituye la base de la educación, y la política, que contribuye a la extensión de susodicha educación; porque, son 2 elementos fundamentales en la construcción y salud del sistema democrático.
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29 abril 2015

La isla mínima (2014) de Alberto Rodríguez


Todo en orden, ¿no?


En Septiembre de 1980 dos policías madrileños son enviados a un remoto pueblo a las orillas del Guadalquivir para investigar la desaparición de dos chicas menores de edad. Los agentes, Juan (Javier Gutiérrez) y Pedro (Raúl Arévalo) son opuestos tanto en sus métodos de investigación como en su pensamiento político. Todo ello sucede en un contexto muy convulso de la historia de España donde se iniciaba el reciente periodo democrático del país.


Bajo la apariencia de un thriller sin pretensiones, Alberto Rodríguez se sirve de la investigación de unos brutales asesinatos en un remoto pueblo del sur de España para hablar acerca de una época determinante en la historia del país: la famosa transición. Y es que la reciente ganadora de hasta diez premios Goya contrapone a dos personajes que vienen a representar las tradiciones de izquierdas y de derechas de la España del Siglo XX. 

Pedro es un muchacho joven que cree con firmeza en el nuevo proyecto democrático iniciado tan solo dos años atrás y con una firme ética en su trabajo. Juan, en cambio, es un investigador rudo, con problemas con el alcohol, capaz de emplear métodos poco convencionales para conseguir información y con un turbio pasado a sus espaldas durante los años del régimen Franquista. Ambos tendrán que colaborar para dar con el brutal asesino que ya ha terminado con la vida de cuatro adolescentes, y sus caminos a lo largo del metraje se irán entrecruzando.


La cinta posee una muy conseguida estética que bebe del cine de David Fincher -especialmente de obras como Seven (ídem, 1995) o Zodiac (ídem, 2007)- y de la recientemente creada tradición del cine policíaco americano. Y es que posiblemente la influencia de este cine pese demasiado en Rodríguez, quien -para mi gusto- ahonda demasiado en los aspectos macabros de la investigación, cometiendo así los mismos pecados que el citado Fincher. A pesar de ello, son muchos más los aspectos positivos a destacar de La isla mínima, como la formidable fotografía de Alex Catalán, gran responsable de la mórbida atmósfera de la cinta, o el elaborado y meritorio desarrollo de todos los personajes, incluyendo a los secundarios, que son llevados con gran pulso narrativo por parte del director.

Cabe destacar especialmente el tramo final de la película, siempre in crescendo, donde ambos protagonistas deciden avanzar por su cuenta a base de agallas y pocos principios hasta que sus caminos terminan por cruzarse nuevamente. También merece mención el notable trabajo de cámara y lo cuidadosos que fueron los realizadores con detalles como la lluvia del tramo final, sencillamente genial. 

  
La última frase pronunciada por Juan, ese "Todo en orden, ¿no?", después de que su compañero haya descubierto su pasado, viene a simbolizar la impunidad de los crímenes del Franquismo en el nuevo régimen español, donde se optó por obviar los últimos cuarenta años en pos de un nuevo comienzo que trajera paz y democracia al país. En fin, La isla mínima es la demostración de que aún se pueden encontrar, aunque sean pocas, grandes joyas dentro del panorama cinematográfico español.






19 marzo 2015

El silencio de un hombre (El samurái) (Le Samouraï, 1967) de Jean-Pierre Melville



"No hay soledad más grande que la del samurái, a excepción de aquella del tigre en la jungla... quizás..."

El código Bushido


Jeff Costello (Alain Delon) es un experto asesino a sueldo que realiza su trabajo de forma meticulosa y que elabora unas sofisticadas coartadas que le dejan fuera de toda sospecha. Sin embargo una noche, tras matar a sangre fría al dueño de un club nocturno, es visto por numerosos testigos, y pese a que su férrea coartada debería alejarle de los focos, tanto la policía como aquellos que le contrataron, preocupados por si Costello habla más de la cuenta, intentaran darle caza. 


En un inicio memorable, el cineasta francés Jean-Pierre Melville nos presenta al personaje en torno al cual girará la totalidad de este filme, su indiscutible obra maestra. En la primera escena, junto a los títulos iniciales, vemos en un plano fijo una lúgubre y grisácea habitación en la que Jeff Costello, con la única compañía de un canario que no deja de cantar, yace sobre su cama mientras fuma un cigarro. Esta es una muestra de la desnudez que caracteriza la cinta y el carácter artístico de su creador. Más tarde vemos como Costello roba un coche, visita a un amigo que le proporciona una nueva matrícula para el mismo y elabora su coartada junto a la única mujer que forma parte de su vida. Todo ello, eso sí, en un rotundo silencio y un ascetismo formal solo a la altura de los grandes maestros del cine.


Desde la interpretación del gran Alain Delon, hasta el detallado uso del color característico del cineasta parisino, pasando por la fenomenal ambientación y el elaborado guión; El silencio de un hombre es una obra maestra del cine negro y policíaco que marcó no solo la cima artística de Melville, sino un punto de referencia para numerosos artistas que décadas más tarde han abordado dichos géneros. Hablamos de nombres de la entidad de John Woo, Jim Jarmusch, Bernardo Bertolucci, Takeshi Kitano, Michael Mann o el propio Martin Scorsese. 

Esto que comentamos nos permite poner de relieve la grandeza que tiene esta cinta en términos históricos, pero además resulta indiscutible su total vigencia narrativa y formal. Un elocuente silencio acompaña la práctica totalidad de un filme cuya melancólica atmósfera engrandece su trágico contenido.


Sin duda, el absorbente personaje principal, un asesino sin escrúpulos que sin embargo simpatiza con el público por su soledad y su inseparable destino, tiene gran parte de culpa en el hecho que el filme funcione como un reloj. Se trata de, como ya hemos dicho, un hombre meticuloso hasta la saciedad., una suerte de lobo solitario cuya oscura vida parece no tener ningún sentido ni fin. 

Más allá de todos los elementos ya comentados, merece la pena destacar la banda sonora de François de Roubaix, plagada de melodías jazzísticas, o la excelente fotografía de Henri Decae (Los 400 golpes, Ascensor para el cadalso...). Así pues, Le samouraï es una de esas joyas ineludibles del cine francés -una de tantas. Una pieza de arte para gozar una y otra vez. 

Finalmente, queremos mencionar dos escenas que creemos constituyen los momentos de máxima tensión del filme: Por un lado, el reconocimiento policial de todos los sospechosos, en el que vemos venir que Costello tendrá muchos problemas con la policía a lo largo del metraje, y por el otro la persecución en el metro, donde hasta cincuenta agentes y veinte colaboradores tratan de dar caza al protagonista en el mítico subsuelo parisino. 






10 febrero 2015

Sangre fácil (Blood Simple, 1984) de Joel Coen



"El crimen hace iguales a todos los contaminados por él"

Marco Anneo Lucano


La historia se sitúa en Texas. Allí, una joven (Frances McDormand) que está casada con el propietario de un local (Dan Hedaya) se convierte en la amante de uno de sus empleados (Joh Getz). Al enterarse de la situación gracias a un detective privado (M. Emmet Walsh), el marido de ésta preparará un plan para asesinarlos a ambos. 


Sangre fácil fue el exitoso debut en las grandes pantallas de los hermanos Coen, una de las parejas de cineastas más celebradas del panorama cinematográfico actual. Tras ser rechazado por todos los grandes estudios de Los Ángeles, los hermanos de Minnesota consiguieron distribuir su primer trabajo en los Festivales de Nueva York y Toronto, cosechando éxito tras éxito hasta llevarse el Gran Premio del Jurado en Sundance. 

Con aires del mejor cine negro -un guión enrevesado, asesinatos, un trágico romance, los constantes claroscuros, etc.- Blood Simple destaca especialmente por la atmósfera que acompaña a toda la historia, que más allá de esto no presenta demasiadas novedades respecto a los thrillers clásicos -a parte de un par de malentendidos entre los personajes principales que propician diversos giros del guión. Como decimos, todos los elementos se conjugan a la perfección para crear una densa, trágica y patética atmósfera que ensalza el trabajo de cámara -siempre excelente, como se ha podido comprobar posteriormente- de Joel Coen. A todo ello contribuyen sobremanera la fotografía de Barry Sonnenfeld -habitual colaborador de los hermanos- y la melancólica música de Carter Burwell.

  
Pese a la excelencia visual del filme, podríamos achacarle algunos defectos en el irregular desarrollo de la historia, que son los que impiden que hablemos de una cinta de absoluta referencia. Aunque la base del guión es buena y la película contiene escenas para el recuerdo -como aquella de casi quince minutos de duración en que Ray, el amante, transporta el cuerpo de Julian, el marido, dispuesto a enterrarlo y se da cuenta de que aún está vivo, todo ello sin el uso de palabras, solo cine en estado puro y tensión a raudales-  el interés de la trama es irregular y los Coen no consiguen la continuidad que si tendrían algunos de sus posteriores filmes.



Con todo, Sangre fácil nos parece un notable filme que posee esa distintiva capacidad de gravarse en la retina del espectador y obligarlo a dar vueltas sobre él una y otra vez. Sus personajes, cuyo trágico destino parece anunciarse desde el primer momento, vagan por la vida sin un destino claro, incapaces de dominar sus emociones y establecerse un camino propio, lejos de todas las oscuras circunstancias que les atan a ese lúgubre local tejano. 

En definitiva, un filme nada desdeñable que iniciaba la exitosa trayectoria de dos cineastas que se mantuvieron en los más alto del cine estadounidense a finales del Siglo XX.