• Hay que estar bien alerta con todo intento de enmarcar un conflicto como es en este caso el de género, especialmente si se trata de uno con apariencia progresista.
  • La trabajadora actual vive en un mundo globalizado, víctima de la precariedad laboral y solo pudiendo sentirse parte de un proceso económico, sin una identidad cultural a la que aferrarse.
  • El sexo, el género, binario o no binario, fluido... tras el auge de luchas como la feminista o por la libertad sexual, muchas han sido las realidades de este tipo que se han puesto sobre la mesa.
  • Es importante retener 2 concepciones de la naturaleza del ser humano, la social, que constituye la base de la educación, y la política, que contribuye a la extensión de susodicha educación; porque, son 2 elementos fundamentales en la construcción y salud del sistema democrático.
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30 enero 2018

El Fenómeno Quinqui; La España de los 80's [Contexto Histórico]

Antes de tratar el fenómeno quinqui en sí es fundamental asumir ciertos conceptos del contexto histórico en el que se desarrolla, éste es siempre un condicionante y en la España de los 70’s y 80’s en concreto, es absolutamente esencial. 

En la década anterior, España estaba en pleno proceso de apertura al mundo y aceptación de éste hacia el país antes marginado por gran parte de las naciones "demócratas". Esto se traduce de forma más o menos tangible en los  Planes franquistas de Desarrollo Económico y Social que granjean, como era de esperar, grandes cambios en las estructuras sociales del momento. La principal consecuencia fue el éxodo rural que llevó a la concentración y masificación urbanística.



Fruto de lo comentado se sobreocuparon ciudades como Barcelona y Madrid, actualmente las dos mayores del país, mediante una pésima planificación urbanística, permitiendo un altísimo grado de chabolismo. Los nuevos barrios sin alcantarillado, hospitales y escuelas surgieron formando periferias y grandes zonas dormitorio que, al llegar la crisis del petróleo y consecuentemente el aumento del paro, se hundirían -más si cabe- en la extrema pobreza. 



Las cifras del paro del que hablamos eran más que preocupantes, estadísticas oficiales del INE marcaban en la década de los 70’s una media de 2.200.000 parados cuando la población total era de 24 millones. Para que os hagáis una idea, actualmente hay alrededor de 5 millones de parados, un poco más del doble, pero también hay casi el doble de población total, 46 millones, por lo que podría asemejarse bastante a la situación actual si le sumamos la precariedad de 40 años atrás y obviamos la burbuja inmobiliaria y lo que eso conlleva. Además, lo alarmante es que tan solo el 27% se beneficiaba de la cobertura por desempleo y cerca del 60% era menor de 24 años buscando su primer trabajo. 

Como vemos, fue la juventud la que cargó con una gran parte del peso psicológico de la situación. La muerte de Franco debía insuflar cierta esperanza pero para esos chavales significaría más bien poco, la falta de perspectivas y de futuro son la esencia de los jóvenes que años más tarde impregnaría otros estratos sociales. 

Los descampados y las salas recreativas, pasaron a ser zona de encuentro y ocio de una juventud sin escolarizar (el 25% de los mayores de 14 años estaban fuera del sistema educativo en 1975), la delincuencia, una forma de subsistir (en 1981 había 47.8000 niños menores de 14 años en prisiones y reformatorios); y la droga, sobre todo la heroína, una desconocida forma de evadirse de todo eso por la que sentían curiosidad.



En los periódicos, desde las páginas de sucesos hasta las de papel cuché recogían el problema de dicha droga y de la inseguridad ciudadana. Estos asuntos se convirtieron en un tema central de la opinión pública, salpicando a todo tipo de publicaciones. Asimismo, los medios sensacionalistas alimentaban la historia de algunos de los personajes que se veían abocados a vivir esa vida y que acababan por convertirse en verdaderos mitos. 

El propio Eloy de la Iglesia, director característico del género y uno de sus máximos exponentes, mantuvo que “la delincuencia de estos chicos era la consecuencia de una sociedad agresiva, y responde a las ofertas de una sociedad de consumo a la que no tienen acceso”.

17 junio 2015

El sur (1983) de Víctor Erice



"Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda."

Gustave Flaubert

En una remota localidad del norte de España vive Estrella, una niña de apenas 9 años que comparte sus días junto a sus padres, un médico y zahorí andaluz (Omero Antonutti) y una profesora represaliada tras la guerra. La admiración inicial de la pequeña por su padre da paso al misterio que acompaña el pasado de éste.  


Pese al éxito obtenido con El espíritu de la colmena (1973), el cineasta vizcaíno Víctor Erice no volvió a dirigir una película hasta diez años después, cuando encaró un proyecto basado en una historia de Adelaida García Morales titulada El sur. Así nació esta conmovedora cinta -la segunda y última de ficción que ha dirigido su autor- no exenta de problemáticas, pues Erice nunca llegó a filmar la totalidad de su guión debido a que el productor Elías Querejeta canceló el rodaje aludiendo motivos económicos. Lo cierto es que ha habido discusiones acerca de los motivos o la conveniencia de detener la historia sin su parte final, y todos los implicados han dado su opinión al respecto. De lo que no cabe duda es de que, aunque el precipitado fin de la historia alienta su vertiente enigmática, todos los cinéfilos y amantes del arte debemos lamentar que Erice nunca pudiera completar su segunda película, así como de que no se haya prodigado posteriormente en la realización de largometrajes.

Sea como fuere, El sur se mantiene vigente como una de las cintas más relevantes de la cinematografía española. Sin ir más lejos, fue elegida en 1996 por críticos y profesionales del cine como la sexta mejor película española de todos los tiempos. Desde aquí no podemos más que sumarnos al gran colectivo que conforman los admiradores de esta película y tratar de perfilar algunos de los motivos que nos inducen a tal pleitesía. 


En El sur, igual que hizo con su ópera prima, Víctor Erice utiliza una niña para hablar acerca del mundo de los adultos y de la España de la posguerra. Estrella es una joven que, como todos alguna vez, admira a su padre. Este personaje, que en realidad es el gran protagonista del filme, es un médico y zahorí que abandonó su tierra natal, Andalucía, debido a discrepancias ideológicas con su padre, un franquista. La fascinación que las capacidades de Agustín causan en su hija vienen envueltas en un halo de misterio que Erice esboza con suma elegancia y prodigiosa destreza. Poco a poco, y con el paso del tiempo, la niña va indagando en el pasado de su padre, y con ello no consigue más que ahondar en un misterio que es incapaz de resolver. Al mismo tiempo, empero, los espectadores asistimos a la sutil evolución de un personaje de carácter casi místico en sus inicios y que poco a poco se va volviendo más humano a nuestros ojos, hasta que descubrimos la enorme soledad en que vive y la tortura a la que le someten los recuerdos de su pasado.

A grandes rasgos, y sin entrar a desvelar cuestiones muy concretas del metraje, esa seria la base de la cinta. Erice se vale de esta historia para hablarnos de multiplicidad de cuestiones al mismo tiempo: La soledad, el amor, la pérdida, los remordimientos, la posguerra... Todo ello envuelto por una suave cortina de humo que es la realidad del mundo desde el punto de vista de una niña incapaz de comprender aquello que ve, siente e intuye.

   
El contraste establecido entre el frío y solitario norte y el cálido sur pierde algo de vigor debido a la ausencia del metraje que trascurría en Andalucía, pero aún así las constantes referencias a éste y las ansias de Estrella por conocer la tierra en la que nació y creció su padre compensan ese déficit. Además de la excelente labor de los intérpretes -en especial un soberbio y melancólico Omero Antonutti- y la mano maestra de Erice, cabe destacar el sublime trabajo de fotografía de José Luis Alcaine, quien nos lega escenas para el recuerdo -sin ir más lejos la que abre la película.

En definitiva, un ejercicio cinematográfico de primer nivel que evoca una contenida nostalgia capaz de llegar al alma del espectador. La escena que da pie al tramo final, en la que padre e hija comparten una comida mientras suena una pieza musical que les recuerda tiempos más felices y que resultarán ser los últimos momentos que compartan juntos es sencillamente memorable. Una obra maestra.





    

02 junio 2015

El puente (Die Brücke, 1959) de Bernhard Wicki



"La guerra es dulce para aquellos que nunca la han experimentado"

Erasmo de Rotterdam


Alemania, primavera de 1945. En una pequeña población del oeste de la geografía germánica un grupo de muchachos y sus madres conviven con la incertidumbre de cual será su destino, pues la situación del Imperio Nazi es límite y ya no quedan hombres para defender las posiciones del eje. Esto hace que los niños capaces de llevar un arma sean llamados a filas, ante la desesperación de sus madres.


Estremecedor y arduo filme antibelicista que denuncia unos hechos acaecidos en Abril de 1945, cuando el ejército Nazi se encontraba ya derrotado, con las tropas aliadas ocupando territorio alemán en el este y el oeste, y aún así defendió cada población hasta las últimas consecuencias, llamando a filas si era necesario a muchachos de apenas dieciséis años.  

Bernhard Wicki, más conocido por su faceta de actor y por haber dirigido los episodios alemanes de la superproducción Hollywoodiense El día más largo (The Longest Day, 1962) -que narraba el famoso desembarco de Normandía desde el punto de vista de los dos contendientes- dirige aquí su obra maestra, un filme reposado y bien construido que además de narrar los horrores de la guerra -que se hacen el doble de terribles al tener como víctimas a simples muchachos- responde a numerosas cuestiones sobre la sociedad alemana de la época.


El filme se estructura en dos partes bien diferenciadas: La primera nos narra la vida en el pueblo antes de que este sea atacado por los aliados. Este es un tramo del metraje sumamente interesante. En él, conocemos a los protagonistas de la historia -simples muchachos que van a la escuela, juegan entre ellos, hacen gamberradas como beber alcohol a escondidas o flirtean con chicas- y a sus familias, hecho que nos permite profundizar en el carácter de cada uno de ellos y realizar una detallada fotografía de la sociedad alemana en los últimos meses de la guerra. 

La mayor parte de los muchachos han perdido a sus padres, y los que no tampoco guardan una especial relación con ellos. La mayor parte de las madres sufren por el trágico destino que se les avecina, especialmente al ser conscientes que sus hijos podrían terminar en el frente. La excepción está en la familia más acomodada del pueblo, una familia de oficiales donde el orgullo de la raza aria se hace más patente que en ningún otro lugar. Los chicos, por otra parte -y esta es la clave de la historia- se encuentran ilusionados con la idea de ser llamados a filas. Sueñan con servir a su gran patria y convertirse en héroes, ajenos a los horrores que supone entrar en combate y que más tarde descubrirán.

La segunda parte es aquella que narra los sucesos desde que los chicos dejan atrás sus familias para incorporarse al servicio militar. Tras un solo día de instrucción, se ven obligados a entrar en acción por la urgencia de la invasión americana, pero un general, en vista de que no podrán hacer frente a la primera línea de fuego, los envía a la retaguardia a cubrir, por pura coincidencia, el puente que da entrada a su población. Este no será, sin embargo, un buen refugio para ellos.

    
En definitiva, un filme desgarrador que gracias al buen trabajo realizado con sus personajes y a la contextualización histórica consigue involucrar al espectador en el conflicto que termina deviniendo. El puente es un firme alegato en contra de todo aquello que supone una guerra y que Wicki, nacido en 1919, conocía bien, pero también es una película histórica que pone en relieve la influencia que el fascismo tiene en los jóvenes y en las actitudes que estos toman. Una historia tremenda que merece ser reivindicada.






30 mayo 2015

El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960) de Michael Powell



¿Sabes que es la cosa más aterradora del mundo? El miedo.


Mark Lewis (Carl Boehm) es un joven que trabaja como cámara en unos estudios de cine británicos y que aspira a ser director algún día. En su tiempo libre realiza fotografías pornográficas para el dueño de un quiosco y graba con su cámara de mano un enigmático documental. Mark es un perturbado que tiene como obsesión retratar las emociones humanas más extremas, especialmente el terror, y para ello asesinará a jóvenes muchachas mientras les filma un primer plano.


Terrorífica y rompedora cinta que en su día, y dentro del contexto de una sociedad ultra-conservadora como la británica, cosechó un tremendo fracaso de público y recibió las más duras críticas por parte de los expertos, además de sufrir los cortes de la productora. Afortunadamente el paso del tiempo la ha puesto en el lugar que merece y hoy su categoría de obra maestra del terror y la influencia que tuvo dentro del género están fuera de toda duda.

La película es un ejercicio sereno y sobrio, como era habitual en Michael Powell, acerca de cuestiones moralmente delicadas como el vouyerismo -de ahí el título original del film, Peeping Tom, expresión que usan los anglosajones para designar a la persona que realiza dichas prácticas-, la pornografía o el terror. Pero la cinta también gira entorno al fascinante mundo de la cámara, que aquí es prácticamente un actor principal, ya que Mark la lleva siempre con él y en numerosas ocasiones -nada más y nada menos que en la escena inicial, por ejemplo- el director nos muestra su punto de vista. La capacidad de ésta para captar las emociones humanas obsesionará al protagonista y al propio espectador durante los más de noventa minutos de metraje. 


El éxito de la película, empero, se sustentara en el realismo conseguido gracias al notable desarrollo psicológico de los personajes, en especial el del protagonista, un joven depravado que de pequeño sirvió como conejillo de indias a su padre, un científico que investigaba la psique humana y el mundo del sueño y las pesadillas. Por ello, Mark se ve desde muy pequeño enfrentado a la que posteriormente será su inseparable compañera, la cámara, puesto que su padre querrá rodar todo su proceso de crecimiento. Lo peor para el niño es que no se conformará con eso, sino que le provocará pesadillas y le despertará bruscamente para ver como reacciona y así poder grabarlo.

Estas torturas, sumadas a la prematura muerte de su madre, hacen de Mark el psicópata que ahora es, y que Michael Powell no trata de ocultar ni un momento, ya que en el inicio del filme nos descubre la identidad del asesino -otro elemento impropio de las cintas del género. Su interés no es que el espectador se pregunte quién es el asesino, sino cómo mata a sus víctimas y porqué.


En definitiva, una escalofriante cinta, con secuencias para el recuerdo -especialmente aquellas en que se cometen los crímenes, perfectamente elaboradas por Powell- y que marcó tendencia dentro del género de terror, en el que se tomó la técnica del punto de vista del asesino y su mentalidad perturbada como referencia para futuras producciones. La polémica que suscitó dentro del Reino Unido prácticamente dejó en stand by la brillante trayectoria de Michael Powell, que seguramente esta vez fue más allá de lo que los espectadores podían asumir. 






01 mayo 2015

Mandarinas (Tangerines, 2013)


Estrenada en 2013 y nominada a los grandes premios en 2014 (Óscar y Globo de Oro), esta película realizada en Estonia llega ahora a nuestras pantallas y es la muestra de que el cine europeo de los últimos años está a un gran nivel. Dirigida y escrita por Zaza Urushadze, Mandarinas se trata, sin duda, de la película con mayor proyección internacional del director georgiano.
 


La película se sitúa en la guerra entre Georgia y Abjasia en 1990. En medio de este conflicto bélico se encuentran Ivo y Margus, dos estonios que han decidido no huir de sus hogares para terminar la cosecha de las mandarinas. La vida de estos dos personajes se trastoca en el momento en que el combate entre los dos bandos llega a su casas. En ese momento, dos soldados, uno de cada bando, quedan heridos y son atendidos en casa en Ivo. Los problemas empezaran en cuanto los dos se recuperen de sus heridas y busquen venganza por las muertes de sus amigos.

La película es un canto al antibelicismo, a la estupidez de la guerra y a la deshumanización de ésta. Urushadze ha hecho una película modesta pero honesta, con un mensaje que queda claro desde los primeros minutos de film y aprovechando bien los limitados recursos que dispone.
 



Las actuaciones en Mandarinas son un gran añadido al film, ya de por sí interesante. Todos los actores realizan un papel creíble y lleno de matices e incluso con evolución en sus personajes. Pero si hay que destacar a un actor, éste sería Lembit Ulfsak (Ivo), su interpretación es portentosa y magnética, además de que ser un personaje entrañable. Si hay que ponerle algún pero sería la ausencia de intérpretes femeninas.

El conflicto que se plantea es la historia de miles de estonios que vivían desde hacía más de un siglo y medio en territorio de Abjasia y que, a causa de la guerra, tuvieron que huir. Se calcula que actualmente unos 300.000 se encuentran refugiados en Georgia.
 
En general, Mandarinas es un gran film, muy disfrutable y con un claro mensaje de paz que consigue romper las barreras de los nacionalismos para contar una historia, por encima de todo, humana.




29 abril 2015

La isla mínima (2014) de Alberto Rodríguez


Todo en orden, ¿no?


En Septiembre de 1980 dos policías madrileños son enviados a un remoto pueblo a las orillas del Guadalquivir para investigar la desaparición de dos chicas menores de edad. Los agentes, Juan (Javier Gutiérrez) y Pedro (Raúl Arévalo) son opuestos tanto en sus métodos de investigación como en su pensamiento político. Todo ello sucede en un contexto muy convulso de la historia de España donde se iniciaba el reciente periodo democrático del país.


Bajo la apariencia de un thriller sin pretensiones, Alberto Rodríguez se sirve de la investigación de unos brutales asesinatos en un remoto pueblo del sur de España para hablar acerca de una época determinante en la historia del país: la famosa transición. Y es que la reciente ganadora de hasta diez premios Goya contrapone a dos personajes que vienen a representar las tradiciones de izquierdas y de derechas de la España del Siglo XX. 

Pedro es un muchacho joven que cree con firmeza en el nuevo proyecto democrático iniciado tan solo dos años atrás y con una firme ética en su trabajo. Juan, en cambio, es un investigador rudo, con problemas con el alcohol, capaz de emplear métodos poco convencionales para conseguir información y con un turbio pasado a sus espaldas durante los años del régimen Franquista. Ambos tendrán que colaborar para dar con el brutal asesino que ya ha terminado con la vida de cuatro adolescentes, y sus caminos a lo largo del metraje se irán entrecruzando.


La cinta posee una muy conseguida estética que bebe del cine de David Fincher -especialmente de obras como Seven (ídem, 1995) o Zodiac (ídem, 2007)- y de la recientemente creada tradición del cine policíaco americano. Y es que posiblemente la influencia de este cine pese demasiado en Rodríguez, quien -para mi gusto- ahonda demasiado en los aspectos macabros de la investigación, cometiendo así los mismos pecados que el citado Fincher. A pesar de ello, son muchos más los aspectos positivos a destacar de La isla mínima, como la formidable fotografía de Alex Catalán, gran responsable de la mórbida atmósfera de la cinta, o el elaborado y meritorio desarrollo de todos los personajes, incluyendo a los secundarios, que son llevados con gran pulso narrativo por parte del director.

Cabe destacar especialmente el tramo final de la película, siempre in crescendo, donde ambos protagonistas deciden avanzar por su cuenta a base de agallas y pocos principios hasta que sus caminos terminan por cruzarse nuevamente. También merece mención el notable trabajo de cámara y lo cuidadosos que fueron los realizadores con detalles como la lluvia del tramo final, sencillamente genial. 

  
La última frase pronunciada por Juan, ese "Todo en orden, ¿no?", después de que su compañero haya descubierto su pasado, viene a simbolizar la impunidad de los crímenes del Franquismo en el nuevo régimen español, donde se optó por obviar los últimos cuarenta años en pos de un nuevo comienzo que trajera paz y democracia al país. En fin, La isla mínima es la demostración de que aún se pueden encontrar, aunque sean pocas, grandes joyas dentro del panorama cinematográfico español.






19 marzo 2015

El silencio de un hombre (El samurái) (Le Samouraï, 1967) de Jean-Pierre Melville



"No hay soledad más grande que la del samurái, a excepción de aquella del tigre en la jungla... quizás..."

El código Bushido


Jeff Costello (Alain Delon) es un experto asesino a sueldo que realiza su trabajo de forma meticulosa y que elabora unas sofisticadas coartadas que le dejan fuera de toda sospecha. Sin embargo una noche, tras matar a sangre fría al dueño de un club nocturno, es visto por numerosos testigos, y pese a que su férrea coartada debería alejarle de los focos, tanto la policía como aquellos que le contrataron, preocupados por si Costello habla más de la cuenta, intentaran darle caza. 


En un inicio memorable, el cineasta francés Jean-Pierre Melville nos presenta al personaje en torno al cual girará la totalidad de este filme, su indiscutible obra maestra. En la primera escena, junto a los títulos iniciales, vemos en un plano fijo una lúgubre y grisácea habitación en la que Jeff Costello, con la única compañía de un canario que no deja de cantar, yace sobre su cama mientras fuma un cigarro. Esta es una muestra de la desnudez que caracteriza la cinta y el carácter artístico de su creador. Más tarde vemos como Costello roba un coche, visita a un amigo que le proporciona una nueva matrícula para el mismo y elabora su coartada junto a la única mujer que forma parte de su vida. Todo ello, eso sí, en un rotundo silencio y un ascetismo formal solo a la altura de los grandes maestros del cine.


Desde la interpretación del gran Alain Delon, hasta el detallado uso del color característico del cineasta parisino, pasando por la fenomenal ambientación y el elaborado guión; El silencio de un hombre es una obra maestra del cine negro y policíaco que marcó no solo la cima artística de Melville, sino un punto de referencia para numerosos artistas que décadas más tarde han abordado dichos géneros. Hablamos de nombres de la entidad de John Woo, Jim Jarmusch, Bernardo Bertolucci, Takeshi Kitano, Michael Mann o el propio Martin Scorsese. 

Esto que comentamos nos permite poner de relieve la grandeza que tiene esta cinta en términos históricos, pero además resulta indiscutible su total vigencia narrativa y formal. Un elocuente silencio acompaña la práctica totalidad de un filme cuya melancólica atmósfera engrandece su trágico contenido.


Sin duda, el absorbente personaje principal, un asesino sin escrúpulos que sin embargo simpatiza con el público por su soledad y su inseparable destino, tiene gran parte de culpa en el hecho que el filme funcione como un reloj. Se trata de, como ya hemos dicho, un hombre meticuloso hasta la saciedad., una suerte de lobo solitario cuya oscura vida parece no tener ningún sentido ni fin. 

Más allá de todos los elementos ya comentados, merece la pena destacar la banda sonora de François de Roubaix, plagada de melodías jazzísticas, o la excelente fotografía de Henri Decae (Los 400 golpes, Ascensor para el cadalso...). Así pues, Le samouraï es una de esas joyas ineludibles del cine francés -una de tantas. Una pieza de arte para gozar una y otra vez. 

Finalmente, queremos mencionar dos escenas que creemos constituyen los momentos de máxima tensión del filme: Por un lado, el reconocimiento policial de todos los sospechosos, en el que vemos venir que Costello tendrá muchos problemas con la policía a lo largo del metraje, y por el otro la persecución en el metro, donde hasta cincuenta agentes y veinte colaboradores tratan de dar caza al protagonista en el mítico subsuelo parisino. 






13 marzo 2015

Eyes Wide Shut (ídem, 1999) de Stanley Kubrick


"El mayor de todos los misterios es el hombre"

Sócrates


William Harford (Tom Cruise) es un médico neoyorquino cuya vida es aparentemente perfecta. Está casado con una bella mujer llamada Alice (Nicole Kidman) y tiene una hija pequeña. Todo se desploma al asistir a una fiesta de un respetado y poderoso amigo suyo (Sidney Pollack). En ella, marido y mujer flirtean con otras personas, hecho que les lleva a discutir acerca de su matrimonio. En este momento, Alice confesará que hace poco estuvo apunto de abandonar a su marido e hija por un completo desconocido.


Incapaz de asumir lo que su mujer le ha contado y corrompido por los celos, William iniciará una aventura nocturna dominada por el sexo y el erotismo. El misterio se descubrirá ante él cuando un antiguo compañero de la facultad le hable de unas fiestas secretas celebradas en una mansión de las afueras de la ciudad, donde un grupo de hombres y mujeres disfrazados dan rienda suelta a todas sus fantasías sexuales. El Doctor Harford conseguirá colarse en la exclusiva celebración, pero pronto será descubierto por los miembros de la secta. 

Último film dirigido por el legendario cineasta norteamericano Stanley Kubrick, quien murió antes de llegar a verlo estrenado. Aunque situado en la ciudad de Nueva York, el filme fue rodado en su mayor parte en el Reino Unido, por lo que los exteriores que vemos a lo largo del metraje son magistrales recreaciones de la gran ciudad. La película, como suele ocurrir en el cine de Kubrick, nos habla de temas universales: los celos, la confianza, el miedo, el deseo etc. La cinta fue inspirada por una obra de Arthur Schnitzler que permitió al cineasta y su colaborador Frederic Raphael construir un sólido guión en el que, realmente, escasean los acontecimientos, pues lo realmente importante se encuentra, en todo momento, en la psique de los protagonistas.


La película en su conjunto -pensada al milímetro, como no- se encuentra rodeada por un halo de misterio que no deja de ir in crescendo a lo largo del filme y que encuentra su punto culminante en la larga y brillante escena de la mansión, uno de los momentos más destacables del cine de Kubrick, que ya es decir. Tanto la magistral puesta en escena como el elaborado desarrollo del guión y los personajes de William y Alice elevan el filme a la categoría de obra maestra. La música, uno de los puntos fuertes de la película, corrió a cargo de Jocelyn Pook, y se encuentra acompañada por piezas de autores tan reconocidos como Dmitri Shostakovich, György Ligeti o Franz Liszt, en una nueva demostración de lo determinante que puede ser una buena selección musical -y uso de ésta- para la culminación de una obra cinematográfica. Stanley Kubrick siempre fue uno de los mejores en ello.


Son muchos los aspectos que podríamos destacar de Eyes Wide Shut. Por ejemplo, la labor de vestuario y la escenografía, el uso simbólico del color o las referencias intelectuales del film. En cuanto a sus escenas, más allá del momento álgido que supone la estancia del Doctor Harford en la mansión, podemos hacer alusión a la discusión matrimonial que inicia todo el conflicto, digna del mejor Bergman, a los paseos del protagonista por las oscuras calles neoyorquinas o a sus visitas a la tienda de disfraces, prácticamente surrealistas.

En definitiva, una fascinante obra maestra que se erigió, a nuestro entender, en una de las cintas de referencia de su aclamado director.


Muy a menudo las expectativas previas juegan una mala pasada a ciertos filmes, y ese mismo fue también el caso de Eyes Wide Shut, que fue considerada por la mayor parte de los críticos como una obra fallida y que fue igualmente rechazada por el público. Una injusticia sin igual. Estamos ante una obra indispensable de finales de siglo y resulta necesario reivindicarla. Como se suele decir, el tiempo la pondrá en su lugar.






29 enero 2015

El fantasma de la libertad (Le fantôme de la liberté, 1974) de Luis Buñuel



"El surrealismo es destructivo, pero destruye sólo lo que considera que limita nuestra visión"

Salvador Dalí


Película de episodios con altas dosis de surrealismo que se entrelazan mediante distintos personajes que coinciden en un momento determinado. Empezando por una historia alrededor de las tropas napoleónicas en España, hasta la de un francotirador que asesina a 18 personas en las calles de París, pasando por las perversiones sexuales de una pareja de burgueses, etc.


Penúltima película dirigida por Luis Buñuel. En ella, el maestro de Calanda aprovecha su absoluta libertad creativa para realizar un filme profundamente personal donde recupera su lenguaje más surrealista. Al ver la cinta, uno tiene la sensación de que el director aragonés estaba haciendo aquello que le apetecía, alejado de pretensiones y enfocando su trabajo como un divertimento a través del cual podía tratar todos aquellos temas que le habían inquietado a lo largo de su vida y que se hallan tan presentes en toda su anterior obra -la crítica a la burguesía, la hipocresía, la religión, el poder en todas sus formas, las convenciones sociales y los formalismos, etc.

Como decimos, la cinta transcurre como una simple sucesión de episodios inconexos, atemporales y surrealistas, mediante los cuales Buñuel rompe con todo formalismo y juega con la psique del espectador. Algunos ejemplos de esto los encontramos en el capítulo en el que un hombre enseña unas misteriosas fotografías a unas niñas en el parque, imágenes que escandalizan a los padres de las muchachas y que provocan el despido de su niñera. Todo espectador ha dado por hecho que las fotografías contienen escenas pornográficas más bien desagradables, pero el director nos muestra finalmente que no se trata más que de paisajes de grandes ciudades. Lo mismo ocurre en aquella divertida escena en que unos comensales se sientan en la mesa (imagen superior) sobre unos váters y en cambio se excusan para ir a comer.


Así como los momentos hilarantes -imposible no mencionar la escena del hotel, en que una pareja invita a cuatro frailes y una joven enfermera a su habitación para practicar ante ellos sus juegos sadomasoquistas- abundan en el filme y el humor socarrón de Buñuel nos lega imágenes para el recuerdo, cabe decir que el filme es irregular en algunos puntos. Podríamos argumentar que Buñuel se divirtió tanto y se sintió tan libre filmando El fantasma de la libertad que no se preocupó lo más mínimo por la redondez final de la cinta.

Pese a que el tour constante al que nos vemos sometidos impide la presencia continuada de ningún actor en la película, resulta necesario mencionar la gran cantidad de nombres relevantes de la escena europea de los setenta que participan en ella: Vemos a Monica Vitti, a Michel Piccoli, a Jean Rochefort o a Michel Lonsdale, entre muchos otros.


En definitiva, El fantasma de la libertad es, pese a sus defectos y a no tratarse de una de las obras más destacadas del gran Buñuel, una divertida sátira nada desdeñable artísticamente y que ofrece un rato de entretenimiento y reflexión muy apreciable. Un film notable, que obliga a razonar y que permite ver a uno de los mejores directores de todos los tiempos en su máxima libertad creativa.





04 enero 2015

El espejo (Zerkalo, 1975) de Andrei Tarkovsky



"La poesía es un espejo que se hace más hermoso a medida que está más distorsionado"

Percy Byshee Shelley


Un hombre habla con su esposa (Margarita Terekhova) acerca de su situación actual y los motivos por los que se han distanciado. Su conversación se entremezcla con escenas oníricas y los recuerdos de una vida marcada por la historia de su país, la Unión Soviética.


La vida no es otra cosa que una suma de experiencias que se van almacenando en nuestra memoria y que poco a poco se evaporan en confusos instantes que sólo somos capaces de discernir mediante nuestros sentidos. Precisamente en Zerkalo, Andrei Tarkovsky y su amigo y colaborador Alesandr Misharin -si acceden a la versión en DVD de la película que incluye una entrevista con este último no se la pierdan- elaboran un guión en forma de episodios inconexos que evocan esos recuerdos tan confusos y lejanos de la infancia. Debido a esto, la película se aleja completamente de cualquier tipo de narración convencional -al estilo de Amarcord (1973) de Federico Fellini, pese a las evidentes diferencias entre ambas- y se construye a través del relato continuado de momentos aparentemente aleatorios de una vida.

El protagonista de la película -o ese personaje que debiera serlo formalmente, pues es quien recuerda- queda en todo momento fuera de plano, con lo que jamás llegamos a ver su rostro más allá de sus vivencias infantiles. Así, su mujer y su madre -ambas interpretadas por Terekhova, hecho que propicia la confusión inicial del espectador- se erigen en los verdaderos referentes del filme. 


El espejo es una manifestación artística magistral y de enorme calado. Su evidente complejidad, sus escenas oníricas y sus constantes referencias a la poesía, la pintura -esas escenas en que la obra de Da Vinci está tan presente- o la música -hay lugar para Bach, Pergolesi y Purcell- pueden llegar a resultar estremecedoras si uno consigue implicarse emocionalmente con la obra. Y es que el cine de Tarkovsky va más allá de lo puramente físico, y pretende conectar con nuestro ser, nuestros sentidos y nuestras emociones más profundas.

El carácter poético de la cinta es evidente. En palabras del crítico cinematográfico Adrian Martin: "Zerkalo es al mismo tiempo una confesión íntima, un resumen de la historia y un poema críptico". No podríamos definirlo mejor. 

   
Entrando ya en cuestiones de carácter técnico, debemos destacar todos y cada uno de los aspectos que conforman la cinta. La dirección de Tarkovsky es insuperable; su cámara nos transporta a través de escenarios cotidianos y a su vez hermosos y su uso de la música de Edward Artemyev -quien ya había colaborado con él en Solaris- es inmejorable. También podríamos hablar de la estremecedora interpretación de Margarita Terekhova, la fotografía de Georgi Rerberg, que alterna el color con el blanco y negro... Todo el conjunto, en definitiva, está al nivel de las más grandes obras del arte cinematográfico.

Por último, quisiéramos destacar los poemas de Arseni Tarkovsky -padre del director- que son leídos por él mismo a lo largo del metraje. Entre ellos, el más notable es el último, que da pie a los inolvidables minutos finales del filme. Dice así:

El hombre tiene un cuerpo,
cual una celda.
Cansada el alma está,
de su íntegra envoltura.
Con oreja y ojos,
como monedas,
y piel con cicatrices
que cubre la osamenta.
Por la córnea vuela
a la fuente del cielo,
al radio del hielo,
al carruaje del ave.
Y oye por las rejas,
de su viviente cárcel
la carraca del campo,
la trompa de los mares.
El alma es sin su cuerpo,
como cuerpo sin camisa.
No hay labor ni intento
ni verso ni concepto.
Adivinanza vana:
¿Quién irá a bailar
a aquella misma plaza
donde nadie está?
Y sueño otra alma
vestida de otra forma:
arde y corre, tímida,
en busca de esperanza.
Se quema y sin sombra
se aleja por la tierra,
un racimo de lilas
dejando de recuerdo.
No te lamentes, niño,
de la Eurídice pobre,
empuña el palo y corre
tras el aro de cobre
mientras tus oídos capten
ora alegres, ora secos
de tus pasos los ecos
que repite la tierra.


La poesía, como todo arte, no se puede explicar, puesto que hay que experimentarla y sentirla. Lo mismo ocurre con Zerkalo, pues resulta imposible explicar su naturaleza en unas pocas líneas. Lo mejor será que vivan la experiencia por ustedes mismos.





16 diciembre 2014

La caída de los dioses (La caduta degli dei, 1969) de Luchino Visconti



"Creo que no se puede ser hombre, y mucho menos artista, sin tener una conciencia política. El arte es política"

Luchino Visconti


Ambientada en la Alemania de los años 30, la película narra las vicisitudes de la familia Essenbeck, perteneciente a la alta burguesía y propietaria de una importante empresa de la siderurgia. Ante el ascenso del Nazismo y el incendio del Reichtag, los integrantes de la misma quedarán divididos entre los partidarios y los detractores del nuevo régimen.


Luchino Visconti, el más grande entre los directores italianos, dirige esta película cuyo título hace referencia a la ópera homónima de Richard Wagner y el argumento de la cual posee connotaciones Shakespereanas que recuerdan irremediablemente a Macbeth. Como no podía ser de otra forma, Visconti sitúa la acción en un momento histórico muy concreto y de gran relevancia, y los sucesos de la misma explican y reflejan un pedazo tan importante de la historia Europea como es el ascenso del Nazismo al poder en Alemania.

La misma noche en que se incendió el Reichtag, la familia Essenbeck está reunida para celebrar el aniversario del patrón y propietario de la fábrica, Joachim (Albrecht Schoenhals). Ante las circunstancias políticas que vive su país, y muy a su pesar -tal y como él mismo afirma-, Joachim ha decidido colaborar con el nuevo régimen, y por ello nombra como vicepresidente a Konstantin (Reinhard Kolldehoff), miembro activo de las SA. La decisión produce un gran revuelo y no deja indiferente a ningún miembro de la familia. Herbert (Umberto Orsini) es el único entre ellos que se muestra contrario a la decisión, hecho que le obligará a exiliarse poco después. Pero no solo a él le produce indignación; a las espaldas de Joachim y Konstantin se está urdiendo un plan -que es precisamente el que recuerda a la trama de Macbeth- entre Frederick Bruckmann (Dirk Bogarde), un técnico especializado que se ha hecho un hueco en la familia y que además es el amante de Sophie (Ingrid Thulin), la esposa de Konstantin, y ésta última, una suerte de Lady Macbeth. Estos dos individuos, cuya desmesurada ambición les llevará a cometer terribles crímenes a cambio de poder, cuentan con la colaboración de Aschenbach (Helmut Griem), miembro de las SS, que los utilizará para llevar el poder de la fábrica a manos del régimen. 


La complejidad de la trama es evidente, y las constantes luchas de poder entre los distintos personajes de la cinta lo complican todo aún más. Pero todavía no hemos hablado del personaje que acaba deviniendo el eje central del filme: Martin von Essenbeck (Helmut Berger). Hijo de Konstantin y Sophie, este joven perturbado, con tendencias pedófilas y que protagonizará los momentos más perturbadores del filme -como la escena del incesto junto a su madre- será el factor determinante que todos los demás deberán tener en cuenta si quieren hacerse con el control de la industria familiar.  

Así pues, no sólo estamos ante un filme histórico y político que relata un año decisivo -desde el citado incendio del Reichtag en 1933 hasta la "Noche de los cuchillos largos" en 1934- dentro de la historia de Alemania y Europa y que explica el triste papel que jugó la burguesía en todos estos sucesos, sino que también asistimos a un excelente drama familiar de carácter trágico que enriquece y eleva el filme de manera más que notable. 


En lo visual, la película posee ese aura tan particular del arte Viscontiano que conforman una puesta en escena operística y de carácter barroco, un ritmo pausado y contemplativo en la narración y una especial atención a aquellos hechos contextuales que explican siempre una parte determinante de la historia. Además, en La caída de los dioses Visconti contó con un estelar reparto que destaca sobremanera a lo largo del filme. Con nombres como Berger, Thulin o Bogarde no hace falta decir mucho más.

En muchas ocasiones se ha relacionado la historia ficticia de los Essenbeck con la real vivida por los Krupp, una familia alemana con mucho poder en el sector del acero antes de la Segunda Guerra Mundial. Más allá de este parecido, La caída de los dioses es, sin duda, una de las grandes obras maestras de Luchino Visconti y por extensión del cine europeo. Un clásico a menudo infravalorado que debemos recuperar por su enorme relevancia y por su extraordinario relato sobre la más oscura de las Alemanias.