dimarts, 31 de desembre de 2013

El hombre elefante (The Elephant Man, 1980) de David Lynch



"Mi vida está llena porque sé que soy amado"


John Merrick en "El hombre elefante"



Finales del siglo XIX. El doctor Frederick Treves (Anthony Hopkins) encuentra en un circo inglés a un hombre llamado John Merrick (John Hurt) que sufre terribles malformaciones y que es utilizado por un feriante para atraer al público y hacer negocio con quien él llama "el hombre elefante".


Basada en hechos reales, esta película narra los acontecimientos que tuvieron lugar en la vida de Joseph Merrick -verdadero nombre del "hombre elefante"- desde que el doctor Treves lo descubriera y decidiera investigar cual era el origen de sus malformaciones. Los hechos históricos son generalmente respetados, pese a que un guión cinematográfico siempre obliga a adaptar la historia. La reproducción del cuerpo de Merrick fue elaborada mediante el esqueleto del mismo -conservado en el hospital donde éste residió- y fotografías tomadas en su momento. 

Estamos ante una historia tremendamente triste que permitió a Lynch, mediante la filmación de esta película, reflejar el lado más oscuro del hombre a la vez que demostrar que con amor, cualquier mal se convierte en menor.


Cuando Treves descubre a John Merrick en el circo, éste aparece como un hombre completamente cerrado en si mismo; incapaz de hablar, con enormes dificultades respiratorias y maltratado por quien se considera su propietario -el señor Bytes (Freddie Jones)-. En un primer momento, es la simple curiosidad científica la que lleva al doctor a pagar por el pobre enfermo para así poder examinarle y presentarlo ante la comunidad científica de su hospital, pero cuando se da cuenta de los terribles maltratos físicos y psicológicos de los que Merrick ha sido víctima decide ayudarle y darle cobijo en la zona de aislamiento del edificio médico. 

A partir de aquí asistiremos a la humanización del personaje, que demostrará no solo que puede hablar, sino que es un ser plenamente capaz, amante de la literatura y que pese a sus problemas físicos construye preciosas maquetas.

Así, se irá formando una fuerte amistad entre los dos protagonistas, pero también entre Merrick y las enfermeras, el director del hospital o una popular actriz británica -Madge Kendal (Anne Bancroft)- que mostrará un enorme corazón y una empatía sin igual al tratar al enfermo como un ser humano desde el primer momento. 


Pero no todo lo que encontrará Merrick en su etapa en el hospital será amor, comprensión y felicidad, pues el guarda de seguridad del mismo (Michael Elphick), lo utilizará de nuevo como atracción nocturna para ganarse un dinero extra y el protagonista será otra vez objeto de vejaciones y humillaciones varias a cargo de unos seres incapaces de imaginar que bajo ese aspecto "monstruoso" se encuentra un hombre con los mismos sentimientos que ellos. 

Por lo tanto, podríamos decir que El hombre elefante es un retrato muy certero del ser humano, ese ser capaz de lo mejor y de lo peor, de amar y de odiar, de comprender y despreciar, y de una sociedad corrompida por el individualismo, la ignorancia y por una pobreza tanto económica como moral. Esa sociedad del siglo XIX en que ser diferente era un pecado, una maldición. 

Pese al patetismo de la historia y al sórdido reflejo de la sociedad británica del film, el mensaje final de éste es claramente esperanzador. John Merrick pone fin a su vida en una memorable escena final llena de tristeza y alegría, sentimientos encontrados que confluyeron en la vida del protagonista del mismo modo que lo hacen en la película. Merrick muere feliz, como un hombre amado por sus amigos, como un ser humano más.


Analizando el metraje desde un punto de vista plenamente técnico, hay que destacar numerosos aspectos más. En primer lugar, las interpretaciones de los dos protagonistas, Hopkins y Hurt, que conmueven profundamente en sus respectivos papeles. No podemos obviar tampoco el trabajo de maquillaje, la fotografía de Freddie Francis o la música de John Morris.

Naturalmente, no terminaremos este breve acercamiento a El hombre elefante sin hacer referencia al inmejorable trabajo de David Lynch. Conocido especialmente como un creador de atmósferas sórdidas, Lynch dirige aquí con sutileza, elegancia y seguridad un guión nada sencillo. Dejando su huella personal en las escenas relacionadas con sueños y recuerdos, el director norteamericano consigue un film tremendamente bello y sobrecogedor. 

En conclusión, una obra maestra que se ha erigido en un clásico del cine de los ochenta. Inolvidable e imprescindible. 






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