dimarts, 13 de gener de 2015

The Blacklist; El peor piloto de la historia


Es época de exámenes y todo vale con tal de no estudiar, así que, aprovechando que Alen me pregunta por series, me veo el piloto de The Blacklist, una ida de olla yankee más, repleta de tópicos y un guión pésimo. ¿Si es tan mala por qué la quieres ver? Pues porque le tengo simpatía a James Spader desde Boston Legal y porque el examen del miércoles es un suspenso claro. Tal es el impacto al visionar el capítulo que he dedicado unos minutos de mi vida en haceros un resumen del susodicho esperpento televisivo, fueron 40 minutos de sufrimiento adictivo como esos vídeos que circulan por la red de cosas inverosímiles como granos gigantes o un tío al que se le revienta un vaso de cristal en el ano, son repugnantes pero no puedes evitar mirar. Ahí va:

Música de malo malísimo, gabardinas negras y el protagonista aparece de espaldas bajo un sombrero, al llegar otro individuo, al parecer un lacayo, hacen la del maletín (uno lo deja al llegar pero se va sin él). Transcorridos 30 segundos ya sabemos todo lo que necesitamos saber del personaje interpretado por James Spader (no Alan Shore), es malvado y deasfiante con un tonito de superioridad que le hace burlarse de la situación más complicada.

Entra a un edificio del gobierno estadounidense y se identifica como Raymond Reddington. Mientras la seguridad averigua quién es, deja el maletín en el suelo, se quita la gabardina y el sombrero y acaba el plano de rodillas con las manos en la nuca encañonado por un puñado de maderos que son poco más que guardias de seguridad, porteros con placa vaya.

Llegan los federales, primer clásico, jefe negro (Cooper), subordinado caucásico (Ressler), rubio de ojos claros -no vaya a pensar alguien que en la policía de The Blacklist hay racismo como ocurre en la de verdad-, y también primer momento absurdo, el jefe pregunta si el hombre que han detenido es realmente Raymond Reddington, le contestan que coinciden tatuajes, huellas, incluso les da datos de una misión secreta en la que intentaron asesinarlo, pero para el agente Cooper (No Twin Peaks) no es suficiente, necesita verlo a través de una pantalla para dar fe, "pues sí que es él", gracias genio.

Repasan el historial del malote en cuestión, era militar y unas navidades debía ir a su casa junto a su mujer e hija pero nunca llegó -muestran una fotografía de un coche sepultado bajo un metro de nieve, maravilloso recurso del realizador-, mueve información secreta, es tan malo que no tiene patria (putos no nacionalistas) y hace tratos con el mejor postor. La descripción da pie a intercalar imágenes de cómo le implantan un chip de localización en el hombro, atentos porque al hacerlo con una pistola como la de los pendientes de la farmacia, sale de él un irreprimible y sonoro "¡Ouch!", recordadlo. Ni el FBI, ni la CIA, ni el más tonto de los policías ha sido capaz de dar con él antes, nunca se deja ver, no tienen pistas de sus fechorías, etc., pero a la prensa le ha dado tiempo (en no sé que tipo de publicaciones) de ponerle un mote, El Conserje Del Crímen. Se sospecha que salió del mismo sitio que el de Donald Glover, del generador de nombres de Wu-Tang Clan.

Vamos con el primer objetivo, Ranko Zamani, un serbio (puto este de Europa siempre son malos...) al que daban por muerto. Raymond les ayudará a atraparlo pero, y ésta es la clave, solo hablará con Elisabeth Keen (Megane Boone). La tipa en cuestión tiene novio y perro con aspiraciones de adoptar un crío el mismo día que empieza su nuevo trabajo en el FBI, se despierta tarde así que cree que tendrá que coger el coche de su chico pero apenas han pasado el umbral de su casa cuando aparecen un helicóptero pixelado y un puñado de tododerrenos negros de los que se bajan hombres trajeados y uno de ellos le dice que se tiene que ir inmediatamente con ellos tras enseñar la placa en plan molón. Lo lógico sería que la tía que debe estar colapsada ya psicológicamente por los nervios del día más importante de su vida se acojonara, aunque solo fuera por el helicóptero de combate que se ha escuchado solo al sobrevolar la casa (no antes ni tampoco después), pero como protagonista que es tiene la capacidad de mantener la calma y acabar la escena con un chascarrillo sobre coger o no el coche de su novio, el guionista ya a estas alturas está con la polla fuera.

Elisabeth y Raymond hablan, él le cuenta que el serbio planea secuestrar a la hija de un militar por lo que van a buscarla y protegerla, la niña y Beth (son tocayas) se abren sentimentalmente hasta límites insospechados en lo que va de la clase de ballet de la cría hasta el coche, incluso intercambian amuletos. Aún van en coche cuando llega la mejor escena del capítulo bañada de clásicos yankees: protección civil cierra una carretera por una fuga química y a nadie le extraña, están dando la vuelta en un puente (donde pasan las cosas interesantes) y de repente unos camiones placan los coches, surgen tíos con metralletas por todos lados mientras hacen un camino de gasolina que lleva a dos furgones llenos de la misma. Aunque los arrollan por un lateral, la niña está perfecta y Elisabeth no mucho más allá, pues saca la pistola, mata a un tipo, recarga, entrega a la niña para que no la maten, sale del coche por la ventanilla librándose de la granada de gas que le han lanzado y del tipo que iba a matarla (el agente Ressler acaba con él). Los malos se escapan en lancha, pero no sin antes encender la mecha de gasolina y producir una explosión que hace saltar a Ressler del puente cual James Bond y desplaza a Elisabeth por la onda expansiva (a esta mujer no la tira al suelo ni una explosión de dos furgones hasta arriba de gasolina a menos de diez metros).

Al parecer la OTAN mató a toda la familia del serbio y quiere vengarse antes de morir. El FBI, ahora con más datos, detiene a algunos de los colaboradores del tal Zamani lo cual granjea su aparición en casa de Elisabeth y que apuñale al novio de ésta estando ella presente. Tras ese traumático episodio, la joven protagonista decide presentarse en la suite de Raymond a cantarle las cuarenta; la cosa se calienta y acaba perforándole la carótida al omnipotente villano con un bolígrafo. El tío gritó con el chip y ahora que tiene 5 centímetros de boli en el cuello no dice ni mu, además es capaz de hablar con total naturalidad y a las pocas horas anda dando un paseo con una tirita como si tal cosa.

El capítulo está llegando a su fin y se nos muestra a la hija del militar portando la bomba de relojería clásica con sus 2 cables de colores distintos (blanco y rojo) y una cuenta atrás inferior a 3 minutos. Llega un ucraniano (vaya en esta serie solo aparecen estadounidenses y gente de países en los que la OTAN ha provocado barbaries) y tras cortar el cable que no es y acelerar la cuenta atrás, desactiva la bomba a falta de 10 segundos la detonación.

Todo queda en un susto y el capítulo no va mucho más allá pero antes de acabar hay un tema que me quita el sueño, ¿ningún terrorista es capaz de programar bombas más rápidas? ¿Tienen que mostrar todas el tiempo restante? ¿Para qué? Si pones una bomba te piras por patas, no vas a estar allí cuando detone así que ¿para quién es esa cuenta atrás? Es un cantazo. Y lo de los cables ya es de traca, si no quieres que la desactiven podrías ocultar los cables o protegerlos con algo, el ucraniano llega en chandal con unos alicates y te jode el invento en 30 segundos. Además, deben  prever que iba a venir un pibe a cortar cables si no no me explico que cortar uno conlleve una mayor velocidad en el crono de la bomba, era un cable trampa o algo así...

Lo dicho, jamás he visto un capítulo piloto que tenga tanto (villanos internacionales, terroristas, bombas, psicópatas, químicos, FBI, secuestros, metralletas, fuego, explosiones en un puente, amor, etc.) y luzca tan poco. Bien probado Jon Bokenkamp pero si tu serie solo la emiten en la NBC, Uruguay y Paraguay es por algo... ¡no hay tornados con tiburones!

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