dimarts, 14 d’octubre de 2014

Andrei Rublev (Andrey Rublyov, 1966) de Andrei Tarkovsky




"Andrei Rublev es para la cinematografía rusa lo que "Guerra y Paz" es para su literatura"

Yuri Nazarov (actor)
 

A comienzos del Siglo XV el monje pintor Andrei Rublev (Anatoly Solonitsyn) recibe el encargo de pintar la catedral de la Asunción del Kremlin, en Moscú. Durante su travesía, Rublev, que había vivido siempre alejado de la realidad de su país, asiste a las más horribles situaciones que puedan darse en un mundo cruel y oscuro como el del medievo. Tras las experiencias vividas, realizará un voto de silencio.


El segundo largometraje de Andrei Tarkovsky narra algunos sucesos de la vida de Andrei Rubliov, gran iconógrafo ruso del siglo XV de cuya vida se poseen pocos datos. Lejos de tratarse de una biografía al uso, Tarkovsky utiliza su figura para realizar una reflexión acerca del hombre y su naturaleza, la relación entre el arte y el artista y el papel que juega éste en nuestro mundo. 

La narración se divide en ocho episodios independientes entre si: "Juglar", "Theófanes el griego", "La pasión de Andrei", "Celebración", "Día del juicio", "Atraco", "Silencio" y "La campana". Además de estos, existen un prólogo y un epílogo. 


La monumental obra posee, como decíamos, numerosos intereses y líneas argumentales. El primero de ellos que querríamos comentar es la perfecta ambientación. Mientras el protagonista viaja por toda Rusia, nosotros viajamos en el tiempo hasta un crudo siglo XV. Tarkovsky y su coguionista Andrei Konchalovsky realizaron un extenso trabajo de investigación con tal de dotar al filme del mayor realismo posible. La extraordinaria escenografía tiene también mucho que ver con el hecho de que Andrei Rublev sea uno de los más fieles retratos de la época medieval. 

Pero más allá de su valor como documento histórico, lo que convierte este filme en una de las cimas del séptimo arte es su hondura argumental y su densidad simbólica. En las tres horas de duración de la cinta -el proyecto original del director ruso ascendía esta cifra hasta los 205 minutos- Tarkovsky ofrece una sublime reflexión acerca del mundo del arte y el artista, la fe en el mundo y el ser humano y aborda cuestiones tan comunes como la envidia o el amor.


Los horrores que Rublev contempla durante su viaje -especialmente los que sufre en sus propias carnes en la terrible matanza del episodio "Atraco"-, provocan en él una enorme desazón. Rublev se había mostrado esperanzado respecto al hombre en las formidables discusiones filosóficas que mantiene junto a Theófanes el griego, pero tras los terribles sucesos mencionados su fe se ve quebrantada. Toda esta situación -que ha llevado al pintor ha realizar un voto de silencio- cambia en el último episodio del filme, "La campana". En él, el artista recobra su fe y por fin consigue comprender la función del artista en el mundo.

Como decíamos, todo el relato está plagado de un constante simbolismo que lo dotan de un valor aún mayor del que se pueda apreciar en un primer visionado. A lo largo de la historia, Tarkovsky emplea el agua, el fuego o los animales, como símbolos que permiten reforzar ideas ya expuestas o aportar algunas nuevas. 


La película está dirigida con suma paciencia y precisión a base de largos planos secuencia que se combinan con elocuentes planos cenitales y evocaciones oníricas. Una vez concluido el último episodio, se inicia al epílogo, consistente en primeros planos de la obra real del pintor. Para ello, Tarkovsky da paso al color y lo acompaña con música sacra. Tras algunos minutos, una imagen del señor da paso al estallido de un trueno y se nos muestran, en los últimos segundos del filme, la imagen de unos caballos en pie, nuevamente en el blanco y negro original. Si el episodio de "La campana" resulta tremendamente emotivo, este epílogo no se queda atrás, pues es un auténtico homenaje a una de las figuras más importantes del arte Ruso y Europeo. 


En conclusión, una obra mayor de nuestro arte reconocida internacionalmente como una referencia del cine Soviético. Un complejo y único acercamiento a la figura del artista, la religión y el pensamiento. Tarkovsky se encumbraba definitivamente como uno de los cineastas de referencia de su época, y nos legaba una obra irrepetible e imprescindible. 





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