dijous, 30 d’octubre de 2014

La colina (The Hill, 1965) de Sidney Lumet



"Se puede quitar a un general su ejército, pero no a un hombre su voluntad"

Confucio


Durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de prisioneros ingleses condenados por robo, contrabando o desobediencia,  se encuentran encarcelados en un campo militar del norte de África. Allí son sometidos a un severo castigo por parte de un irascible y sádico sargento.


Sean Connery encabeza el reparto de este formidable drama carcelario en el que el trabajo grupal de todos los actores (Harry Andrews, Ian Bannen, Ossie Davis, Alfred Lynch, Ian Hendry etc.) destaca sobremanera. Bien conocida era la capacidad del cineasta Sidney Lumet de sacar todo el talento de sus actores a relucir, tanto si se trataba de grandes estrellas -en este caso Connery- como de actores secundarios de poco renombre. 

La colina, filme rodado en tierras andaluzas a mediados de los años sesenta -una de las épocas de mayor actividad de este prolífico aunque irregular realizador-, es una firme crítica antimilitarista que ataca directamente al funcionamiento del propio sistema organizativo de los cuerpos militares, cuya disciplina y jerarquía, impuestas mediante la fuerza y la amenaza, convierten a los individuos en meras máquinas cuya única función en la vida es acatar y obedecer.


En este sentido la película recuerda a la prima parte de La chaqueta metálica de Stanley Kubrick -más bien al revés, puesto que La colina fue realizada 22 años antes-, pero mientras que el autor de La naranja mecánica se centró en las consecuencias psicológicas que tiene la instrucción militar en los individuos -factor también presente en el film que aquí tratamos-, Lumet focaliza su historia en los mecanismos de poder inherentes al cuerpo militar y que se evidencian aquí en forma de castigos, amenazas y reprimendas.

Cada uno de los personajes principales -cinco reclusos, tres miembros de la institución carcelaria y el médico al servicio de la institución- tiene un perfil psicológico propio y perfectamente trabajado. Debido a esto, la veracidad de la cinta se hace muy notable y el desarrollo de la misma resulta perfectamente estructurado. En este sentido la película es impecable. 

La oposición al sistema está abocada al fracaso. No hay lugar en el ejército para las libertades individuales ni para la justicia, y así nos lo deja ver Lumet en la escena final.


El destacadísimo guión de Ray Rigby consiguió un premio en el Festival de Cannes de 1965 y La colina debe ser recordada hoy como uno de los más notables trabajos de su director. El estudio del poder, tanto en su aspecto directo y efectivo como en aquel menos evidente que influye en la toma o no de decisiones es el eje de un film más que recomendable.

Para concluir, queremos hacer referencia a una anécdota que cuenta el propio Lumet en su autobiografía: Mientras todo el equipo de rodaje sufría el horrendo calor del verano Almeriense, el cineasta preguntó a Sean Connery si después de toda la jornada de trabajo conseguía orinar, a lo que el escocés respondió: Sólo por la mañana.


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